Rodolfo González Pacheco: Sentido de la cultura

Rodolfo González Pacheco, de su libro Carteles. 
Texto que aparece también en «El Anarquismo en América Latina» (Carlos M. Rama y Ángel J. Cappelletti)


Hay  dos  maneras  de  encarar  las  cosas,  cualquier  problema  de  interés  político  o  religioso  o  social, que corresponden también a dos posiciones: desde la cátedra, como profesores, o desde la calle, como pueblo. Saber del asunto, o sufrirlo, estar en el libro o estar en la vida. Cierto que hay veces que estas dos actitudes confluyen a un solo punto, se trenzan y penetran, irguiendo en un solo hombre la sabiduría completa. Es raro esto, pero suele realizarse en algunos genios.

Yo —está de más que lo jure— no soy uno de estos últimos ni tampoco de aquellos primeros: ni profesor ni genio. Hombre del pueblo, no más, que mira y trata de resolver los problemas que su vida de relación le plantea, desde su posición de rebelde a todo lo que le oprime o limita, sea ello ley, sanción moral o fetichismo mayoritario. Y como en la llamada cultura hay mucho de  esto  y  muy  poco  de  cuanto  creo  yo  que  debiera  haber,  es  que  vengo  a combatirla,  tratando  también, de paso, de revelar lo que es para mí su verdadero sentido.
Entendemos por sentido el tono moral, el pulso mental, la postura del corazón y el cerebro frente a la vida. Cuanto a cultura, sin duda viene de culto, lo que, a su vez, sugiere servicio hacia determinada causa o imagen, finita o infinita. Y aquí es curioso observar que la raíz de nuestras más comunes expresiones se hunde en el Mito. A este respecto, tenía razón Agustín Lante cuando afirmaba, paralela a la paleontología, la mitogenia.
El hombre fue, y sigue siendo, un animal religioso. Es una verdad corriente que se ha pasado los siglos adorando siempre algo, físico o metafísico, soles o dioses, la irritación de la atmósfera o sus propias irritaciones de miedo o furia proyectadas al vacío. Su postura frente al mundo fue ésta y no otra: mesiánica, arrodillada.
La Enciclopedia es, por esto, el más eficaz esfuerzo de sabios y de rebeldes de oposición al Mito. Destacó al hombre contra el cielo. El sentido enciclopédico es el ateísmo.
No mella esta afirmación el hecho de que los enciclopedistas no fueran todos mentalidades ateas. Hablamos de sentidos, de posiciones. Voltaire diciendo que, si dios no existe, hay que inventarlo, no es nada más que el fullero pillado en trampa, que quiere, aun a costa de la perdición de su alma, justificarse. Antepone lo contingente a lo real.
La realidad enciclopédica es el ateísmo; lo contingente, la Revolución Francesa, que remató en la erección del nuevo Estado burgués. El Estado racional y no de origen divino; la sociedad regida por intereses y no por revelaciones. La urna en la iglesia. Éste fue el triunfo burgués, de mucha más importancia en todas las direcciones que el otro que, generalmente, se le destaca como más grande: contra los feudales. Triunfó de dios.
El burgués es, cultural y socialmente, ateo. Pero el ateísmo en sí, si no está condicionado por una honda y caudalosa vida interna, deviene, como todas las conquistas de la razón sobre el misterio, un simple y grueso cinismo. El burgués, ser exterior, mentalidad sensual y política, es también cínico.

El hecho de proclamar, paralelamente a los  derechos  del  hombre,  el  tutelaje  de  éste  por  el  Estado, denuncia en él la misma actitud fullera de Voltaire:  Si el gobierno no existe, hay que inventarlo. Su inteligencia se revela en eso: captó en medio de la tormenta subversiva de aquella hora el sentido mesiánico del pueblo. Y le fabricó el Ídolo. Y quien dice Ídolo, dice culto, cultura, servicio.

Y así hubo sobre la tierra un dios más nuevo: el Estado; un sacerdote más insidioso: el juez; una biblia más científica: el código; y un templo más sombrío y de paredes más sólidas: la cárcel. Y lo mismo que aquel otro templo griego del que se dice que, a través de todas sus puertas, subterráneos  y  escaleras,  caminando  atrás  o  al  frente,  abajo  o  arriba,  se  iba  a parar  al  altar,  en  este mundo burgués todos los caminos llevan a la cárcel. Pero, entre todos, hay uno que, por lo ancho y soleado y por las gentes que por él transitan —muchachas y muchachos, obreros pensativos y profesores locuaces— parecería que lleva a la libertad. ¡Y es mentira! También lleva a la cárcel. Es la cultura. Lleva a la cárcel. Cultivándose en sus aulas, recorriéndola en todas sus direcciones, profundidades y perspectivas, se podrá llegar a sabio o tonto, a conservador o comunista, pero a hombre libre nunca.
Esta  afirmación  que  hago,  de  plano  y  en  redondo,  precisa  ser  abonada  con  ejemplos  para que no se tome por una temeridad. Si digo que la cultura lleva a la cárcel, se sobreentiende que la incultura lleva a la libertad. Y agrego más: hay una sola manera de saber algo del hombre, su dignidad y su valor, y es no queriendo saber nada de lo que de él se ha escrito hasta ahora y empezando a saber algo de lo que hasta hoy no se ha dicho nada. Apartando los libros, para entrar en su sangre. Buscando a través de él una cultura nueva, opuesta y negadora de la cultura vieja. Es lo que intentaremos.
La hasta hoy llamada cultura es una mutilación y no un robustecimiento de nuestra naturaleza. Por eso es que el tipo culto de extracción burguesa piensa la mitad de la mitad de todo pensamiento. Piensa una cuarta parte. Y así procede también, y así se ubica frente a cualquier problema, político o religioso. Por ejemplo, ante la guerra. El odio a la guerra es como un refrán en la burguesía, en sus profesores liberales y en su estudiantado de la extrema izquierda. —¡Abajo la guerra!— Pero de un burgués no haréis nunca un antimilitarista, sino un pacifista apenas. Él quiere la paz, porque la guerra, o no es negocio o es un peligro de muerte para él o los suyos. Y ante estos riesgos, él se inflama de fervor pacificante. —¡Abajo la guerra!— Y lee un libro de Barbusse o de Remarque y pone el grito en el cielo. —¡Abajo la guerra!— Y envía sus diputados a que voten millones para el ejército que le guarda la paz en las fronteras, en las calles y en los campos, en las fábricas y en las cárceles. —¡Abajo la guerra!
He ahí la mitad de la mitad, la cuarta parte, de una cultura humana. Pide la paz que proteja su natural cobarde o sus intereses de ladrón del pueblo. Quiere la paz para seguir burgués.
El antimilitarismo es otra cosa. Es la cultura completa. Es el repudio al sable, y a quien lo forja, aunque sea un obrero, y a quien lo esgrima, aunque sea un hermano, y a quien lo afile, que es el burgués siempre. Y más abajo aún: a quien de él saca ventajas contra los pueblos, que es el Estado.
Y aquí conviene aclarar otro punto: ¿qué problema se plantea la cultura —y ya habréis ido notando  que,  para  mí,  cultura  no  es  instrucción  ni  conocimiento,  sino  sensibilidad  y  conciencia— frente a la guerra, no ya de pueblo a pueblo, sino de clase a clase, de casa a casa?... ¿El problema del Derecho, el de la libertad, o el de la justicia?... El problema del Derecho tiene su solución en el Estado; el de la libertad, en la ética, mas con todos los matices que involucra la capacidad de cada uno para ser libre;  el de la justicia, en la tierra, es decir, en el derecho y la libertad  que  todo  hombre  tiene  a  tomar  posesión  de  la  parte  de  suelo  que  necesite  —eso  y  no  más— con sus productos y sus posibilidades. Los dos problemas primeros son la mitad del problema y son los que el burgués culto se plantea.  El problema completo se contiene en el último y es el que solucionamos nosotros en el comunismo anárquico.
Lenin, dictador de Rusia y técnico del marxismo, era, sin duda, un gran talento político. No era un idealista ni un romántico, sino un hombre de acción. Un solo dato basta para demostrarlo. No asentó la palanca removedora del podrido régimen zarista ni en la libertad ni en el Derecho. Su gran acierto es que la asentó sobre el proletariado, al que prometió justicia. Fue en esa ancha  y  firme  base,  sobre  músculos  de  obreros,  campesinos  y  soldados,  que irguió  su  revolución. Miró al fondo del problema, no a su superficie; unió a los hombres abajo, no arriba: en la incultura, no en la cultura. Y a todos los profesores y estudiantes, sabios o literatos, o los mandó a curarse al extranjero, como a Gorky, o los amontonó en las cárceles de su flamante Estado socialista.
(¡Un  momento!  La  comprobación  de  un  hecho  no  implica  aceptarlo  en  sí  ni  en  sus  consecuencias. Destaco éste de Lenin al solo fin de probar que el que quiere fundar regímenes o destruirlos, deshacer viejas cosas o hacerlas nuevas, tendrá siempre que apoyarse en gentes vírgenes de manoseos culturales. Ahí está la fuerza eficaz y también, ¡ay!, el eterno mesianismo. É1 sabía esto  y  lo  aprovechó  como  dictador.  Captó  la  onda  emocional  que  soliviantaba  al  pueblo  y,  en  vez de impulsarla al frente, al porvenir sin amos, la desvió de la derecha a la izquierda. Le pintó de rojo el ídolo negro. En lugar de “Derechos” le preceptuó “Dialéctica”. Y así tuvimos después una revolución de palabras; una revolución de palabras que traducidas a espíritu y a posición humana, dice lo mismo que la Francesa: culto, cultura, servicio. El hombre arrodillado).
Y movamos, ahora, el tema, como se mueve un peñasco para ver qué hay bajo de él. Jamás el culturalista comprendió al genio. Siempre fue su opositor o su carcelero. Y en los mejores casos, fue su parásito.
Hay una hermosa novela de Petruccelli della Catina, titulada Las memorias de Judas. Novela, he dicho, y no historia, lo cual no obsta que revele una actitud que, por ser de todos los tiempos, es también histórica.
Según ella, Judas no fue el traidor de Jesús, sino su protector, su Mecenas. Era un político de grandes ambiciones, un patriota judío al cien por cíen. Aspiraba, como toda su raza sometida al dominio romano, a la liberación de Judea. Pero, demasiado culto, con esa mutilación de la audacia característica en quien ha sido manipulado por la cultura, no podía ser un caudillo, un conductor de masas. Mas era rico, y su instinto judaizante le hizo creer que podía comprarse también eso.
Era  época,  en  esa  tierra,  de  santones,  predestinados,  mesías.  La  paseó  al  ancho  y  al  largo  buscando  entre  éstos  aquel  que  le  conviniera.  Y  halló  a  Jesús.  Fina  sensibilidad,  parabólica  y  mesiánica. Con sus dineros, que volcó sin tasa en las bolsas de Jesús y sus secuaces, se dieron éstos a recorrer su patria y sublevar las gentes. Pero no se nombra a dios en vano, como se dice. El instrumento, sectario y físico, con el que Judas pensaba golpear a Roma, empezó a trocarse en alma, a hacerse espíritu y a imbuirse de la misión redentora de un verdadero Cristo. Se le escapó de las manos para tomar en las propias la dirección de su vida. Y con ella irguió a su pueblo, ya no políticamente, contra el César, sino contra todos los que manchaban el templo, lapidaban el amor, escarnecían la justicia. Contra los sacerdotes, los poderosos, los fariseos... Terminó, como sabéis, escarnecido y crucificado por romanos y judíos, por los hombres de la ley y de la cruz, por los sabios de la sinagoga y los sabios del código. ¡Por la cultura, en una palabra!... Y sin embargo, señores, de Judas y de los crucificadores, ¿qué ha llegado hasta nosotros?... Fanatismo y oprobio, y nada más. Mientras que de aquel carpintero, parabolista y rebelde, sigue fluyendo un oleaje de ternura que todavía hermosea, con la persistencia cósmica de una flor de la vida, la tierra dura, ensangrentada y triste...
Lunacharky, excomisario de la educación en Rusia, quizás remordido por las infames persecuciones de que allí son víctimas los anarquistas, estrenó en Alemania, hace ya tiempo, una comedia que quiere ser una justificación. El Caballero de la Triste Figura se titula. El Quijote, como comprenderéis. Este Quijote simboliza el sentido de la revolución por la libertad, la revolu-ción eterna e insobornable, latente en Rusia y en todas partes. Es un iluso, según el autor, un pobre  loco  que  pide  la  luna.  Su  lema es:  ningún  tirano;  ni  de  arriba,  ni  de  abajo.  —¡Qué  chiflado!— Pero, mientras sus gritos, conspiraciones y arremetidas, mueven, minan, debilitan el poder presente, es también eficaz. Y se lo reconocen. Los políticos de la oposición lo aclaman, lo adulan, lo ayudan. Hasta que el viejo régimen se viene al suelo. ¡Un poema!... La tragedia viene luego, cuando asumen el mando sus aliados de la víspera y con torniquetes aún más duros, porque son más nuevos, trincan y despedazan a enemigos y amigos. Para salvar la revolución, según dicen. Pero el Quijote ve que eso no es cierto, o que es, no más, el retoñar, tras la poda, de la eterna tiranía contra la que él ha empeñado su destino. Y grita, otra vez, conspira, y marcha, codo  con  codo,  con  todos  los  perseguidos,  al  asalto  y  destrucción  de  aquel  flamante  Estado...  

Para Lunacharsky y los comunistas, éste es un contrarrevolucionario, un iluso o un tonto. Para nosotros, éste es el hombre culto, el solo culto, porque vive en la viva angustia de ser libre, y ha afirmado su causa abajo, en el pueblo, contra todo gobierno, rojo o negro.
Pero el nuevo Poder, ¿qué hace entretanto?... Primero lo aconseja, después lo encarcela y, al fin, termina poniéndolo en la frontera con un beso en la frente... Ésta es la obra del excomisario ruso,  en  la  que,  como  veis,  no  se  cuida  de  ocultar  que  los  bolcheviques,  además  de  traidores,  son también cínicos. Porque ese beso que allá no le dan al anarquista sino con plomo en la calle o con el labio yerto de los hielos de Siberia, aunque se lo diesen ellos con el alma, sería siempre el beso de Judas.
Andreiew, el genio eslavo, para mí la cima literaria que han batido más vientos de dudas y certidumbres, tiene asimismo un relato titulado Judas. He aquí igualmente una rápida síntesis.
Judas, tuerto, deforme, pelirrojo, horrible, quiere salvar su alma, presa de mil angustias, y se suma a Jesús y sus discípulos. Es inteligente, sagaz y fuerte; sabe la ley y conoce el sendero. Pero sus bajas pasiones, de que sus deformidades físicas son el reflejo, le impiden ser recto, virtuoso, bueno. E idealiza en Jesús al ser perfecto, puro y severo, señor de todas las tentaciones. Y va  hacia  Él.  Y  he  aquí  que,  apenas  se  le  aproxima,  todo  cuanto  poseía  —ciencia,  experiencia,  potencia— ya no le sirve. Su ídolo rebasa todas sus medidas. No puede asirlo, concretarlo, comprenderlo. Porque Jesús es la vida, es el espíritu, es la llama que tanto rastrea como sube, quema como ilumina. Es un hombre contradictorio y genial, y Judas quería un dios hecho a su imagen y semejanza. Estático... Para que le castigue, le roba... Y Jesús le hace administrador de su andariega colonia... Para que le desprecie, le miente... Y Jesús extrae verdad de sus mentiras ... Para que lo expulse, lo calumnia ... Y Jesús le sonríe, lo ata a sus pies con una sonrisa... Y cuando los mendigos que les siguen piden y no hay qué darles, una mujer del pueblo, de discutida moral, vuelca sobre los cabellos del Salvador un pomo de esencias riquísimas; una fortuna. Y Jesús lo permite y la bendice... ¡No comprende, no comprende! Y lo vende y lo entrega a la muerte, no por odio —la prueba es que luego se ahorca—, sino por incomprensión de pequeño a grande, de sectario a genio, de cultura letrada y muerta a cultura viva y dinámica.
Y en fin, para terminar con los ejemplos que revelan y destacan las dos culturas que se enfrentan y se chocan en la vida, voy a citar todavía —y ya no más—, otro libro de más reciente data: El Hijo del Hombre, de Ludwig. Es un enfoque maestro, plástico y subjetivo, de la Judea  contemporánea  de  Cristo.  En  él  se  mueve  y  actúa  el  carpintero  judío,  no  ya  como  un  hombre  culto, exegeta de la ley y de la historia, sino como lógicamente, de existir, debió haber sido: como un obrero poseído por un ideal de justicia; como un obrero de estos que los estudiantes y los doctores toman para sus... bromas. Un iletrado, en suma, como cualquier machacador de fierros o limpiador de cloacas.
Y en esto del iletrado hay también un problema, cuya solución no puede darla, porque ni se la  imagina,  ningún  adocenado  catedrático.  Hay  iletrados  por  capacidad,  y  no  por  incapacidad;  por plenitud y no por vacío. Son virtualmente completos. El que no sea ciego puede verlos. Se distinguen del mortal común como una fuente que mana agua de la tierra, de un aljibe que la recibe del cielo. No piden. Dan. Rechazan todo lo externo porque sienten en sí la originalidad poderosa de un cuño propio, cuyo fuerte y limpio aflore marca en la vida una superior o, al menos, una distinta cultura. Su trabajo entre los hombres no es absorber o discernir conocimientos, sino el trabajo que hace el terrón cuando, sin que lo roturen o lo siembren, alumbra una flor o pare un peñasco.  ¿Qué  haríais  con  ellos  que  valga  más  que  lo  que  ya  tienen,  traen,  destacan?...  ¿Combatirlos, rasarlos, mandarlos a la escuela?... ¡Vamos!
Cultura, cultura... Demos también por buena la que exaltáis desde todas las cátedras, oficiales  u  oficiosa?,  y  decidnos  y  probadnos  que  ella  alcanza  al  mayor  número,  que  penetra  en  las  masas. ¿Movéis con ella a los pueblos hacia una rebelión, no de tapas y de letras, sino de fondo humano, hacia la justicia? ¡Nunca! No podéis enseñar más que aquello que le conviene al Estado, aun allí donde decís ir a su disolución, como en Rusia. Esperar a hacerse cultos es perder la esperanza.
Cultura, cultura... ¿Cuál?... ¿Aquella europeizante, imbuida de Enciclopedia, que Rivadavia y Alberdi, Sarmiento y Mitre injertaron en la cepa criolla, o la que hoy, por prurito fanfarrón y novelero, garabatean los hijos de los patrones de estancia?... ¿Cuál?... ¿La científica, al servicio de  la  industria,  o  la  industrial,  al  servicio  del  Estado?...  ¿Cuál?...  ¿La  que  Marx  ubica  en  la  “superestructura”  de  toda  vida  social,  o  la  que  Spengler  rastrea  en  las  razas blancas,  y  sólo  en  éstas?... ¿Cuál?...
La  Mistral,  de  cuya  obra  soy  devoto,  por  la  descarnada  raíz  de  dolor  indígena  con  que  la  trenza y la tiñe, ha dicho que América está esperando su Dostoiewsky. Ella ve sólo el ángulo literario  de  este  asunto.  Lo  que  el  hombre  de  la  tierra  espera  —indio,  gaucho  o  gringo—  no  es  quien escudriñe su alma, sino quien, con puños de hierro y orientación libertaria, lo alce de su esclavitud y lo lance a la pelea. No un literato, sino un revolucionario.
La fuerza está abajo; arriba está la política. La cultura es de señores; la filosofía es del pueblo. Sepamos esto bien y de una vez para siempre, compañeros. Miremos un poco más al obrero, y un poco menos al catedrático; éste sabe, pero  aquél  vive.  Hay  una  nueva  plástica,  una  nueva  ética, una cultura nueva, sabrosa y virgen, en la tarea del hombre tosco, sucio e inédito que cava un pozo, labra un umbral, saca de un tronco una cuna. Él no lo sabe tampoco, pero debemos saberlo nosotros. Y no lo sabe, no porque sea menos, o sea inculto, sino porque está lleno, hasta no tener lugar para otra cosa, de fecundidad, de empuje, de testarudez trabajadora.
Se habla de la cultura como del único medio para salir del pantano en que nos han metido cuerpo y alma los burgueses. Aprender a leer, aprender a discernir y, sobre todo, aprender a escuchar, con pasividad bovina, a los doctores. Y yo digo, y no se asombren los que oyen, que antes  de  haber  en  el  mundo  tantas  y  tan  copiosas  extensiones  culturales,  maduraban  en  la  tierra  hombres de más profunda cultura que los que hoy nos atiborran y empachan. No conocerían Derecho,  no  sabrían  Historia,  no  serían  literatos  ni  profesores,  pero  han  llegado  a  nosotros  rezumando originalidad, genio y audacia. Esta maravilla se explica fácil: fueron seres rebeldes, por conciencia, y no por inconsciencia, a las limitaciones que, fatalmente, cierra sobre toda vida el libro, la ley, el Ídolo. Fueron ellos, y dijeron lo suyo, y no lo que el Estado o la tribu, el rey o el código quiso.
Y ya termino. Saber es bien, pero no es todo, sino algo menos de la mitad de lo que se cree. Por el conocimiento solo, en sus aspectos más varios, vastos y agudos, se puede llegar a sabio y no mover una brizna de la opresión que a todos nos aplasta. La sabiduría no es moral ni inmoral, conservadora ni revolucionaria. Es el hombre, con su actitud, devenida de su sensibilidad o insensibilidad  frente  al  dolor  humano,  el  que  la  ennoblece  o  la  degrada.  En  este  punto,  pues,  no vale más el sabio que el ignorante. Si no reaccionan revolucionariamente, son lo mismo de inservibles y degradados. Con esto en contra del que más sabe: su posición cobarde, su tolerancia podrida es la que perpetúa el mal, la esclavitud y los prejuicios enseñoreados del mundo. Es peor que bestia, porque ha perdido el sentido solidario que nunca muere del todo ni en los más feroces animales.
He  dicho  por  ahí:  Todo  puede  ser  conocido  y  superado,  hacérsenos  familiar  y  cotidiano.  Ciencias, industrias, artes. Nacen, maduran, caen. Se retoman y vuelven a empezar. No hay novedad, para nadie, a no ser para los advenedizos de la cultura que suponen que con ellos empezó el mundo.
El hombre culto, seriamente culto, está informado. ¡No hay novedad! La parábola del pensamiento humano fue descripta muchas veces en muchos siglos anteriores, la India, Egipto, Grecia, Roma. Empezó en la cárcel y llevó a la cárcel. Describió curvas y rectas, profundidades y perspectivas; todas las cosas, ritmos, matices, delicadezas y torturas caras o necesarias a los poderosos, se realizaron artística y sabiamente. Pero el pueblo siguió esclavo y el rebelde fue encarcelado siempre. ¡No hay novedad!
Y hay novedad, sin embargo. Hay siempre una cosa nueva, eternamente nueva, para el hombre. No se acostumbra a ella; y la reniega y la protesta y la muerde, y tiene razón. Es injusta, absurda, estéril.  Esa cosa es el dolor. Siempre le duele, como si fuera él el primero que lo sufre. Y nosotros decimos que el que siente y reacciona contra el dolor, propio o ajeno, más virilmente, más como ante una injusticia, más como frente a una ofensa, ¡ése, sepa leer o no sepa, es el más culto!
¿Qué es la cultura, entonces?... Un permanente sentido de dignidad, una posición alerta contra  los  ídolos  y  una  actitud  solidaria  con  todos  los  humillados  y  perseguidos.  ¡Eso  es  cultura!  Después de eso, lo único que hay son grados de conocimiento; más o menos fuerza de alas para volar  cerca  o  lejos;  más  o  menos  sagacidad  intelectual  para  profundizar  problemas,  y,  en  fin, más o menos dialéctica para exponerlos. Pero todo esto es poco, no vale ni responde a la importancia que se da, a la gloria que pretende, a la irresponsabilidad en que se desenvuelve.
Einstein, genio, creador de teorías cósmicas, es admirable. Pero Einstein, antimilitarista, diciéndole a los pueblos que la guerra es un crimen de los gobiernos, es mucho más, porque sufre y protesta con nosotros. Tolstoy, novelista enorme,  crece  cuando  se  aminora  para  la  literatura,  porque se yergue contra el Estado y la Iglesia.  Y  Cristo  mismo,  profundo  y  fino  poeta,  es  uno más, uno de tantos, comparado con el Cristo azotador de mercaderes.
¿Qué  queréis  saber,  muchachas  y  muchachos,  obreros  pensativos  y  profesores  locuaces?...  ¿Qué  buscáis  por  los  caminos  de  la  llamada  cultura?...  ¡Vais  a  la  cárcel! Volveos  sobre  vosotros; no seáis turistas sobre la tierra, sino buzos de vuestras propias venas. En la sangre que os circula,  en  vuestras  santas  reacciones  contra  toda  tiranía,  hallaréis  la  verdadera  cultura,  que  es  siempre la semilla de una justicia. 

La hallaréis quizás deforme, dura y áspera. Son siglos que nadie la toca, la acaricia, la alumbra. Le han echado esclavitud, fealdad y miedo encima. No le echéis también vosotros, ahora, palabras. A la luz con ella, como con una piedra o un hierro, contra todos los carceleros de la vida. Hasta para hacerse planta, decía Ghandi, tiene que romperse la semilla. ¡Rompeos, si queréis ser cultos!



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